Mapeo corporal
CORPOGRAFÍAS
La corpografía relata lo que no puede representar un mapa. Sobre los cuerpos-territorios de mujeres migrantes y racializadas se inscriben violencias diversas que también impactan su tejido comunitario, dónde habitan, cómo se relacionan y las barreras socio-administrativas y legales que enfrentan.
¿Qué nos indica nuestro cuerpo?
¿Cuáles son las formas físicas o emocionales que asume el dolor?
¿En qué zona u órgano se localizan estos malestares?
¿Cuáles son sus causas u orígenes?
¿Qué actividades de autodefensa realizamos para protegernos de estas situaciones?
¿Dónde hay vacíos, abandonos y silencios de nuestro cuerpo?
Usamos la corpografía como técnica artística para expresar y representar las violencias y resistencias vividas y sentidas sobre el cuerpo-territorio, pero también como ejercicio que reclama justicia restaurativa y sanadora.
A través de ella, reescribimos la historia de nuestros cuerpos como espacios que se resignifican ante los impactos recibidos por las tramas de poder de los sistemas que nos silencian o representan como “la otredad”. Dejan de ser territorios de conquista para resistirse a esta y otras violencias, como el expolio, el abuso y la negación de la propia identidad. Se autorrepresentan como espacios seguros, que acumulan una potencia sanadora al trenzarnos y narrar gráfica y oralmente el sentido emancipatorio de toda violencia, y al trazar desde las memorias e historias de vida comunes nuestro propio cuerpo colectivo.
¿En qué consistió el ejercicio?
Partiendo del dibujo de una silueta humana, las participantes intervinieron de forma creativa el papelógrafo como “lienzo” en blanco, expresando sus sentires a través de diversas representaciones y registros como frases, símbolos, iconos, recortes de revistas y collages. Se planteó, además, quebrar las naturalizaciones propuestas por las narrativas del sentido común o los tópicos y subvirtiendo los mandatos sociales. Cada zona del cuerpo podía ser tomada como un posible punto geográfico o de fuga de una experiencia particular, y ser contemplada en una dimensión individual o como “cuerpa” colectiva. Lo creado colectivamente tomó muchas formas y significados, con un profundo mensaje de resistencia y lucha política de trasfondo.
Desliza el cursor sobre la imagen y explora
los diferentes significados que componen este
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Por un lado, la cabeza es donde se albergan los sueños, como tener una casita en el campo donde vivir apaciblemente. Pero también nos muestra gritando, con ojos desorbitados, que es como nos sentimos cuando nos atraviesan las violencias.
El pelo, como símbología de resistencia, fuerza y poder. Es un símbolo del orgullo afro, una resignificación del estigma histórico de la blanquitud hacia él. También es el “termómetro” de nuestra salud mental: cuando nos consumen los nervios y la angustia ante las violencias, se nos cae el pelo. “El estado de nuestro pelo denota los momentos de dolor…”. Cuando una persona está mal lo primero que descuida es su pelo, mientras que al sentirnos bien lo estilizamos.
La mano ataja la “ley racista” y “el miedo” que supone vivir bajo la normativa vigente de extranjería, que nos causa terror ante la violencia y el racismo institucional que de ella germina. Es la semilla de muchas de nuestras pesadillas y por eso, la resistimos y pedimos su abolición.
Las imágenes de flores simbolizan lo que nace naturalmente del corazón. En contraste, “el corazón de hielo persiste en la sociedad que nos recibe”. Por otro lado, los ojos localizados en los pezones ironizan con la insistencia de observarlos y sexualizarlos. Los plasmamos “a ver si nos miran más a los ojos que a los pezones”.
El estómago y las vísceras reivindican el derecho al placer, al erotismo, a mostrar nuestro poder de dar, recibir y generar goce, seducción, desde nuestro deseo. Merecemos ser cuerpos provocativos y deseantes por derecho propio… “Si igual van a hablar de mí, que hablen”.
El vientre representa el erotismo que, a veces, da paso a la vida. Por un lado, el fuego grafica la libertad de elegir sobre nuestra reproducción. Reclamamos esa autonomía. Por otro lado, la necesidad de naturalizar el parto. “Heredamos el dolor de nuestras madres” a través del parto. También refleja la violencia obstétrica en los centros médicos y distintos lugares de salud que nos atienden.
Los pies simbolizan las raíces en un temperamento diferente. Pies y piernas también representan velocidades de vida y “productivas”, distintas. Por eso “llegar tarde es mejor que no llegar, cada quien tiene un ritmo diferente y tiene su historia. Hemos intentado salir adelante con esa fuerza que se refleja en el caballo. En este camino, invocamos que nunca se nos olviden nuestras raíces caribeñas y alegres”.
”Rescatadas por la tierra”: Cuando estamos agobiadas sentimos que necesitamos reconectar con la tierra y ella nos rescata. El cuerpo-territorio cuenta con diversas referencias a la naturaleza como representación de las raíces y la importancia de no olvidarlas, como las palmeras como símbolo del Caribe.
“Me curo con mi vida sana”: es una declaración de que acudimos siempre a las hierbas tradicionales para sanar. El cuidado viene de la sabiduría ancestral que contienen las plantas. Sanarnos es también acuerparnos con otras personas.
“Amar para crear un futuro”: El amor como una forma de futuro y de resistencia. Reivindicamos formas diversas de amor. Visibilizamos otros deseos y disidencias sexo-afectivas a la hora de proyectar el amor. Un amor que vaya más allá del romántico, que ponga en el centro la importancia de nutrir el afecto, el cuidado, las redes. “Pero no el amor de Sandra Bullock”.
“Nuevo drama”: para nombrar las rupturas de relaciones y duelos, explorar el universo afectivo y descubrirnos. “Estaba en un proceso de des-cubrirme a partir de relaciones sexo-afectivas y quiero seguir repensándolas desde otro lugar.”
“Cultiva un orgullo sano”: es una declaración de intenciones y se complementa con las frases “aprende a valorarte” y “nadie puede juzgar lo que siento”. Acompaña una composición que muestra cómo las mujeres siempre estamos expuestas, retratadas de forma sesgada y cosificada, desnudadas por las miradas que normalizan nuestra hipersexualización.